viernes, 26 de julio de 2013

EL FAVOR DE FAUSTO

Fausto trabaja todo el día. En su mototaxi recorre el barrio transportando a sus vecinos. A las amas de casa las lleva al mercado, a los niños al colegio. A los padres de familia los acerca al paradero donde hacen el trasbordo a otros vehículos y a las señoras las lleva a misa. Tiene un público cautivo a quien siempre ofrece sus servicios. Fausto vive con su mamá, papá y hermana menor.  Tiene 21 años y trabaja todo el día para ayudar a su familia. Su papá perdió el trabajo y su mamá se dedica a la casa. Su hermana menor va al colegio y por la tarde ayuda a su tía a preparar manzanas acarameladas que vende en el mercado.

Una tarde recoge a un pasajero a quien nunca había visto antes. Le pide llevarlo al paradero que queda a varias cuadras de donde se encuentran. El hombre lleva un maletín. En el camino Fausto le pregunta a qué se dedica y el hombre le responde que es abogado y está atendiendo un caso cerca de ahí. Ya en el destino el hombre paga el pasaje y se despide, Fausto regresa a buscar nuevos pasajeros.
Regresando se da cuenta que en el asiento hay un sobre, revisa su contenido y ve varios billetes de cien dólares, llega a sumar por lo menos unos cinco mil. Alza la vista y ve al hombre del maletín subir a un bus. De inmediato acelera para alcanzarlo pero el bus arranca. Fausto aún más decidido acelera e intenta alcanzar el bus. Por su mente pasan muchas cosas como soluciones que le daría a él y a su familia la cantidad de dinero que hay en el sobre.

Logra alcanzar al bus y divisa al hombre cerca a la ventana. Tocando su bocina y haciendo señas con las manos intenta llamar su atención, el hombre no lo mira. Debido a la velocidad y desesperación Fausto pierde el equilibrio de su mototaxi y cae al piso. Para evitar una desgracia el chofer del bus logra frenar a tiempo y con desdén insulta a Fausto por su acción temeraria. En ese instante el hombre del maletín se percata que el accidentado es Fausto quien desde el piso logra hacerle señas y le enseña el sobre de dinero. La reacción del hombre es inmediata y baja del bus.
Fausto se recupera de inmediato y le entrega al hombre el sobre quien agradece el gesto con un sencillo apretón de manos y se retira del lugar para subir a un nuevo bus.

Fausto ve su mototaxi  y se da cuenta que está en malas condiciones, debe repararla pero no tiene el dinero para hacerlo. No enciende, la llanta delantera está reventada. Tiene el pantalón raído por la caída y rasguños en la pierna izquierda. Cojeando y con esfuerzo coge su mototaxi y emprende el camino a casa. Piensa mucho en lo que acaba de pasar, sabe que nunca más probablemente vea al hombre del maletín y cuánto le costó ayudarlo.

Con dificultad llega a la puerta de su casa prefabricada y toca dos veces. Sale su papá con evidente expresión de emoción y lágrimas en los ojos, -Hijo de mi vida- le dice, -¿dónde estabas?, hace rato que te estamos buscando para celebrar-. ¿Celebrar qué?, responde Fausto, -Celebrar la recompensa a tu esfuerzo diario, hijo, acaban de anunciar al ganador de la lotería de esta semana y ha ganado tu mamá, ¡mamá ha ganado cien mil soles!-. Fausto abrazó a su papá y entró a su casa, y olvidando el dolor de su pierna saltó de alegría.   
 
Lima, abril de 2013

FIDEITO

Frente al único espejo de su casa, roto y antiguo, Jacinto se acicala. Usa el mismo peine viejo que todas las mañanas contribuye a darle a su rostro el aspecto que necesita para poder trabajar. Con un poco de agua y  jabón se atreve a eliminar la pereza de una fría mañana en Lima y con sus dedos decora su piel. Con pintura blanca cubre la totalidad de su cara y una luminosa esfera roja, como cereza de torta, culmina su transformación. Como todas las mañanas se convierte en Fideíto para desafiar a un público siempre distinto.

Renato lleva puesto un elegante terno de una de las mejores marcas del medio. Frente al amplio espejo de su sala que refleja el movimiento del agua en su piscina, se acomoda la corbata. Lleva unos gemelos dorados que ajusta con un estilo peculiar y culmina abrochando su fino reloj de pulsera. Mira la hora. Se despide de su esposa quien desde el fondo de un pasadizo le corresponde y aprovecha en recordarle que debe comprar los pasajes para las próximas vacaciones familiares. Él no responde y se va presuroso.
Jacinto corre la cortina de un ambiente de su humilde casa, se acerca a una tarima que sirve de cama y despierta a su hijo. –Ya es hora, campeón-,  le dice. Es un niño de doce años que de inmediato se despierta.  Lo carga y con esmerado cuidado lo sienta en una silla de ruedas. Lo lleva al baño y sobre sus piernas deja un balde con agua  para que se lave la cara, le da un beso en la frente y se despide. En una pequeña mesa hay una tacita con anís recién servido y la mitad de un pan. –Ya está en el baño, se está lavando, te lo dejo mamá, debo irme-, le dice Jacinto a una señora anciana que come la otra mitad del pan. -Anda con Dios- responde ella. Jacinto sale. En el barrio lo saludan como Fideíto, él siempre devuelve el gesto con su colorida sonrisa.

Renato va apurado en su auto. Esa mañana se le hizo tarde viendo el noticiero. Es doctor de una prestigiosa clínica y maneja renegando por el insufrible tráfico.
Jacinto sube a un micro e inicia su rutina. Cuenta algunos chistes, pocos le hacen caso. Pocos ríen, pocos lo escuchan. Luego ofrece unos caramelos y sin nunca obviar su sonrisa, agradece y abandona el vehículo para subir de inmediato a otro.

En una intersección transitada el semáforo está a punto de marcar rojo. Renato sabe que si no aprovecha la luz ámbar, demorará mucho más de lo previsto y decide acelerar. Logra cruzar con temeridad ya cuando el semáforo lo impedía.
Fideíto baja del otro bus aprovechando que los vehículos se han detenido y divisa otro a mitad de la calle con muchos pasajeros. Se apresura y cruza sin reparo. En ese momento es envestido ferozmente por un vehículo que desafió la luz roja.

Renato sangra de una herida en la frente. Ha bajado de su auto y ahora está delante de un hombre que ya no podrá sonreír más. Mira la irónica agonía de un payaso que no respira. Insiste en reanimarlo usando las técnicas que conoce pero sabe que es inútil. Es paradójico haber matado a un payaso. Lo queda mirando porque pudiendo salvar vidas ha eliminado una. La sangre de Jacinto tiñe de rojo su blanco rostro.
Renato piensa en sus vacaciones y solloza. Bajo el cielo gris de Lima hay un médico vencido frente a un infeliz payaso mientras a lo lejos se oye venir un patrullero.


Lima, marzo 2013
(Publicado en "El Dominical" de El Comercio del 21 de abril de 2013)