Hernando siempre es puntual y hoy
no fue la excepción. Llegó temprano a su trabajo. A pesar de ser su día libre ha ido a trabajar. Es decir,
aprovecha su día libre para buscar un trabajo que le permita ganar un poquito
más de lo que gana en su chamba regular.
Dos colegas lo saludan al verlo
llegar, al igual que él ellos hacen lo mismo en su tiempo libre. El reloj marca
las ocho y media de la mañana, Hernando termina de alistarse. Revisa las balas
en su pistola, acomoda su chaleco antibalas, coge su sombrero y se persigna
frente a la imagen de Jesús que guarda dentro de él y se posiciona frente a la
agencia bancaria que ese día le asignaron resguardar. En moto pasa un compañero
que le pregunta algunos datos de rigor y la mañana comienza tranquila como siempre.
El banco abre las puertas al público, llegan los primeros clientes y él saluda
dándoles la bienvenida.
Hernando ríe recordando que será
papá nuevamente. Tiene un hijo de dieciséis años, Genaro, que está a punto de
acabar el colegio. No es el mejor alumno pero por lo menos sale adelante en los
estudios. Le preocupa un poco que su hijo mayor no tenga sus propias
aspiraciones como él las tuvo. Yo a tu
edad ya sabía que iba a ser policía, le decía siempre, pero Genaro cambiaba
siempre el tema de conversación hablando de futbol o de otras cosas. La menor,
Raquelita, era una niña linda de tres años que, siempre engreída por Hernando,
era la princesa de la casa. Esa mañana Hernando y María, su esposa, discutieron
por el tema del dinero que no alcanza. Y es que María tiene cuatro meses de
embarazo y están preocupados. Cuando discuten por eso Genaro prefiere apartarse
y Raquelita simplemente sonríe pensando en la llegada del nuevo hermanito.
Hernando recuerda la discusión y
sonríe nuevamente recordando que será papá por tercera vez. Eso lo ayuda a
reconocer su sacrificio de trabajar en sus días de franco e hincha el pecho
cuando una pareja de esposos entran al banco y él saluda con afecto.
Raquelita tiene un problema en la
pierna izquierda, un accidente hace un año le había dejado un traumatismo en la
rodilla y por eso caminaba con dificultad. María la llevaba al nido cargada porque
la niña se cansaba pronto y ya con el embarazo a la mitad le era más
complicado.
Genaro llegaba del colegio,
almorzaba y con las mismas salía a jugar. Llevaba siempre una pelota bajo el
brazo y una bolsa blanca. ¿Qué llevas en esa bolsa?, le pregunta María. -Un pan
con mantequilla, mamá, para comerlo cuando termine de jugar, tú sabes que el
ejercicio me da hambre-, respondía él y salía de casa. María sonreía.
Hernando mira su celular, ha
recibido un mensaje de María: “No olvides que tienes que pagar la luz, ya se
acumularon dos meses y nos van a cortar”. Sonríe e inventa un chiste: No
importa que nos corten la luz porque de pronto tú vas a “alumbrar”. Se ríe él
solo porque sabe que nadie se reiría con ese tonto chiste.
-¿Y, Jiménez, ya cuando pones
pañales de nuevo?-, le pregunta el colega del banco de al lado. Faltan cinco
meses más o menos, dice Hernando. –Nos tomaremos unas chelas pues mi hermano.-
Claro que sí Ramírez, de todas maneras.
Esa misma tarde, luego de
almorzar, Hernando llama a María. –Chola-.
Le dice. –No te preocupes, mañana antes de regresar a la casa pago la luz y asunto arreglado… ya…
sí mi vida… sí cholita claro que sí… está bien… ¿cómo están los chicos?...
cuando regrese Genarito dile que vaya a comprar el pan pues… ya cholita… chau-.
No había terminado de guardar su
celular cuando oyó el golpe de una puerta cerrarse con fuerza y vidrios
romperse. Como reacción instantánea Hernando llevó su mano al cinto donde lleva
su pistola. Sabe que no puede moverse de su ubicación porque en ese momento no
es policía en servicio sino agente resguardando la agencia bancaria asignada.
Del banco de a lado ve a su colega con su pistola en mando gritando. Todo es un
alboroto que llegó de un momento a otro dejando la calma de la tarde en el
olvido.
-¡Puta madre, es un robo carajo,
esos dos conchasumadres que han salido han robado el banco!, gritó el policía
de al lado. En ese preciso momento un tercer ladrón empuja con toda su fuerza
al policía para salir y los dos tropiezan cayendo sobre los vidrios rotos de la
puerta esparcidos en el piso. Hernando ve toda la escena como si pasara en
cámara lenta. El ladrón en el piso lleva un pasamontañas puesto, sólo se le ven
los ojos y la boca. Lleva una gorra amarilla que concluye su disfraz de ladrón.
El policía en el piso desenfunda su pistola, tiene las manos cortadas por el
vidrio lo que le impide acomodarse, segundos que el ladrón aprovecha y de
inmediato se levanta, mete la mano al bolsillo de su pantalón, saca una bolsa
blanca y apurado descubre su contenido. Es una pistola con la que de pronto
apunta al policía. Hernando también recurre a su arma y sin pensar dos veces
dispara a la pierna del ladrón. Éste cae dejando escapar un tiro que golpea
contra la pared del banco dejando un hoyo humeante. Hernando corre donde el
ladrón quien está tirado en el piso gritando por el calcinante dolor que tiene
en la pierna; guarda su pistola e
intrépidamente desarma al ladrón. -¡Te
tengo, mierda, ahora sí te cagaste, basura!-. Le descubre el rostro quitándole
el pasamontañas y la gorra y ve a Genaro con una expresión de mucho dolor en el rostro y
lágrimas que recorren su mejilla.
Hernando no sabe lo que está mirando. Sólo ve a su hijo sufriendo y en
ese momento, toda su vida, y la de su hijo, pasan velozmente por su mente en
imágenes que hacen sangrar los recuerdos de vivencias que están terminando en
ese preciso momento en que Hernando descubre una realidad tan cercana a él por
su profesión pero tan lejana de que ocurra como ese día ocurrió.
En la vereda del frente se han
agrupado muchas personas para ver la escena, entre el tumulto y las ganas de no
perderse ningún detalle se oyen muchas conclusiones: “ya no hay policías así,
qué valiente Dios mío, ha arriesgado su vida, ese disparo le pudo caer a él”
Hernando levanta la mirada
asustado y asombrado. Tiene cogido fuertemente del brazo a Genaro y su pierna
apoyada en su estómago para inmovilizarlo. No sabe qué hacer. Todos los sonidos
del rededor son una bulla escandalosa que no le permiten tomar alguna decisión.
Mira nuevamente el rostro de su
hijo. Ambos se miran. Hernando dirige su mirada al cielo y empieza a llorar.
Nadie nota su llanto, nadie sabe qué pasa realmente, solo observan la valentía de un policía. Hernando trata de buscar
una explicación clara en las personas que desde al frente lo observan. Se los
queda mirando un momento y se confunde más cuando comienza a escuchar que todos
empiezan a aplaudir.
Lima, agosto 2013
Lima, agosto 2013
