viernes, 9 de agosto de 2013

UN DIA CUALQUIERA

Hernando siempre es puntual y hoy no fue la excepción. Llegó temprano a su trabajo. A pesar de ser  su día libre ha ido a trabajar. Es decir, aprovecha su día libre para buscar un trabajo que le permita ganar un poquito más de lo que gana en su chamba regular.
Dos colegas lo saludan al verlo llegar, al igual que él ellos hacen lo mismo en su tiempo libre. El reloj marca las ocho y media de la mañana, Hernando termina de alistarse. Revisa las balas en su pistola, acomoda su chaleco antibalas, coge su sombrero y se persigna frente a la imagen de Jesús que guarda dentro de él y se posiciona frente a la agencia bancaria que ese día le asignaron resguardar. En moto pasa un compañero que le pregunta algunos datos de rigor y la mañana comienza tranquila como siempre. El banco abre las puertas al público, llegan los primeros clientes y él saluda dándoles la bienvenida.
Hernando ríe recordando que será papá nuevamente. Tiene un hijo de dieciséis años, Genaro, que está a punto de acabar el colegio. No es el mejor alumno pero por lo menos sale adelante en los estudios. Le preocupa un poco que su hijo mayor no tenga sus propias aspiraciones como él las tuvo.  Yo a tu edad ya sabía que iba a ser policía, le decía siempre, pero Genaro cambiaba siempre el tema de conversación hablando de futbol o de otras cosas. La menor, Raquelita, era una niña linda de tres años que, siempre engreída por Hernando, era la princesa de la casa. Esa mañana Hernando y María, su esposa, discutieron por el tema del dinero que no alcanza. Y es que María tiene cuatro meses de embarazo y están preocupados. Cuando discuten por eso Genaro prefiere apartarse y Raquelita simplemente sonríe pensando en la llegada del nuevo hermanito.

Hernando recuerda la discusión y sonríe nuevamente recordando que será papá por tercera vez. Eso lo ayuda a reconocer su sacrificio de trabajar en sus días de franco e hincha el pecho cuando una pareja de esposos entran al banco y él saluda con afecto.
Raquelita tiene un problema en la pierna izquierda, un accidente hace un año le había dejado un traumatismo en la rodilla y por eso caminaba con dificultad. María la llevaba al nido cargada porque la niña se cansaba pronto y ya con el embarazo a la mitad le era más complicado.
Genaro llegaba del colegio, almorzaba y con las mismas salía a jugar. Llevaba siempre una pelota bajo el brazo y una bolsa blanca. ¿Qué llevas en esa bolsa?, le pregunta María. -Un pan con mantequilla, mamá, para comerlo cuando termine de jugar, tú sabes que el ejercicio me da hambre-, respondía él y salía de casa. María sonreía.
Hernando mira su celular, ha recibido un mensaje de María: “No olvides que tienes que pagar la luz, ya se acumularon dos meses y nos van a cortar”. Sonríe e inventa un chiste: No importa que nos corten la luz porque de pronto tú vas a “alumbrar”. Se ríe él solo porque sabe que nadie se reiría con ese tonto chiste.

-¿Y, Jiménez, ya cuando pones pañales de nuevo?-, le pregunta el colega del banco de al lado. Faltan cinco meses más o menos, dice Hernando. –Nos tomaremos unas chelas pues mi hermano.- Claro que sí Ramírez, de todas maneras. 
 Y así transcurre el día. Hernando trabajando, María cuidando a Raquelita. Genaro cuidándose solo jugando partido con sus amigos y todos esperando la llegada del nuevo miembro de la casa que aún no tiene nombre decidido.
Esa misma tarde, luego de almorzar, Hernando llama a María. –Chola-.  Le dice. –No te preocupes, mañana antes de regresar  a la casa pago la luz y asunto arreglado… ya… sí mi vida… sí cholita claro que sí… está bien… ¿cómo están los chicos?... cuando regrese Genarito dile que vaya a comprar el pan pues… ya cholita… chau-.
No había terminado de guardar su celular cuando oyó el golpe de una puerta cerrarse con fuerza y vidrios romperse. Como reacción instantánea Hernando llevó su mano al cinto donde lleva su pistola. Sabe que no puede moverse de su ubicación porque en ese momento no es policía en servicio sino agente resguardando la agencia bancaria asignada. Del banco de a lado ve a su colega con su pistola en mando gritando. Todo es un alboroto que llegó de un momento a otro dejando la calma de la tarde en el olvido.
-¡Puta madre, es un robo carajo, esos dos conchasumadres que han salido han robado el banco!, gritó el policía de al lado. En ese preciso momento un tercer ladrón empuja con toda su fuerza al policía para salir y los dos tropiezan cayendo sobre los vidrios rotos de la puerta esparcidos en el piso. Hernando ve toda la escena como si pasara en cámara lenta. El ladrón en el piso lleva un pasamontañas puesto, sólo se le ven los ojos y la boca. Lleva una gorra amarilla que concluye su disfraz de ladrón. El policía en el piso desenfunda su pistola, tiene las manos cortadas por el vidrio lo que le impide acomodarse, segundos que el ladrón aprovecha y de inmediato se levanta, mete la mano al bolsillo de su pantalón, saca una bolsa blanca y apurado descubre su contenido. Es una pistola con la que de pronto apunta al policía. Hernando también recurre a su arma y sin pensar dos veces dispara a la pierna del ladrón. Éste cae dejando escapar un tiro que golpea contra la pared del banco dejando un hoyo humeante. Hernando corre donde el ladrón quien está tirado en el piso gritando por el calcinante dolor que tiene en la pierna;  guarda su pistola e intrépidamente desarma al ladrón.  -¡Te tengo, mierda, ahora sí te cagaste, basura!-. Le descubre el rostro quitándole el pasamontañas y la gorra y ve a Genaro con una expresión de mucho dolor en el rostro y lágrimas que recorren su mejilla.  Hernando no sabe lo que está mirando. Sólo ve a su hijo sufriendo y en ese momento, toda su vida, y la de su hijo, pasan velozmente por su mente en imágenes que hacen sangrar los recuerdos de vivencias que están terminando en ese preciso momento en que Hernando descubre una realidad tan cercana a él por su profesión pero tan lejana de que ocurra como ese día ocurrió.
En la vereda del frente se han agrupado muchas personas para ver la escena, entre el tumulto y las ganas de no perderse ningún detalle se oyen muchas conclusiones: “ya no hay policías así, qué valiente Dios mío, ha arriesgado su vida, ese disparo le pudo caer a él”
Hernando levanta la mirada asustado y asombrado. Tiene cogido fuertemente del brazo a Genaro y su pierna apoyada en su estómago para inmovilizarlo. No sabe qué hacer. Todos los sonidos del rededor son una bulla escandalosa que no le permiten tomar alguna decisión.
Mira nuevamente el rostro de su hijo. Ambos se miran. Hernando dirige su mirada al cielo y empieza a llorar. Nadie nota su llanto, nadie sabe qué pasa realmente, solo observan la valentía de un policía. Hernando trata de buscar una explicación clara en las personas que desde al frente lo observan. Se los queda mirando un momento y se confunde más cuando comienza a escuchar que todos empiezan a aplaudir.


Lima, agosto 2013