sábado, 27 de diciembre de 2014

A TRAVÉS DE LA VENTANA

Emilio es un buen hombre. Todas las mañanas mira por la ventana de su habitación hacia la calle apreciando en la misma imagen de la ciudad tan solo sus recuerdos de juventud. Nadie interrumpe esos momentos donde concentrado en nada observa todo. Sus ojos viejos derraman lágrimas secas que no se dejan ver como si su tristeza fuera muda y la alegría un anhelo. Nadie lo mira pero él mira todo lo que pasa. Cuántos autos  invaden la avenida, cuántas gentes transitan por las calles. Cuántas palomas vuelan de cornisa en cornisa y cuántas tantas veces se abren las puertas de las casas del barrio. Sentado en una mecedora que no ofrece su delicado vaivén porque los años también afectaron su madera, tan sólo admira el paso de las nubes. La brisa que a veces golpea su rostro es lo único que lo anima a sonreír y ante el viento cierra los ojos como aprovechando aspirar el aire que sus pulmones le reclaman para seguir viviendo.

Dante acaba de vender la última pintura que tenía disponible. Las vende todos los domingos en el parque cerca de su casa donde se organiza una feria comercial. Los cuadros son sencillos pero hermosos: paisajes, mares, animales, bodegones; todos con mensajes muy puros, mensajes que transmiten calma y paz. Como si el pintor se hubiera esmerado en, precisamente, conseguir que la gente desaparezca por un ratito y se sumerja en sus colores. Pero Dante tiene como personalidad todo lo contrario de las pinturas que vende. Lo hace por obligación, por rutina y para comer. Por eso, ahora que ha vendido una última pintura, recoge sus cosas y se marcha de la feria. Está molesto consigo porque pasa mucho tiempo aguardando vender los cuadros y es que simplemente espera que pregunten por ellos para explicar torpemente su función y lograr deshacerse de la mercadería que tiene encargada. Con el dinero ganado Dante compra las cosas de la casa: alimento, útiles de aseo, medicinas. Se preocupa en gastar lo mínimo y con lo que “ahorra” compra licor. Al final del día sube a la azotea de su casa con la botella de licor que logra comprar. La calidad de la bebida no es la mejor pero para una persona alcohólica eso no tiene mayor importancia. Sentado sobre dos ladrillos y apoyando la espalda a la pared, bebe el licor directamente del pico de la botella y siente la satisfacción que le procura el alcohol que ingresa a su cuerpo como si se tratase de un hombre abandonado en medio del desierto frente a un refrescante vaso de agua pura. El seco sabor de la bebida lo embriaga pronto, lo aturde, lo anula. Por eso sube a la azotea, porque no quiere que nadie lo vea, porque la excitación es tan propia como sus decisiones. Porque en soledad y borracho él es feliz. Y comparte esa felicidad con la ciudad que aprecia desde arriba, desde esa desolada azotea ubicada precisamente sobre la habitación del viejo Emilio. Ambos aprecian el mismo paisaje de cemento. Ambos derraman las lágrimas que quieren y ambos también, inconscientemente y sin sentirlo, sonríen diariamente cuando el día termina pese, incluso, a que a veces ni siquiera hay motivos. 

A la mañana siguiente Emilio despierta. Una enfermera lo ayuda a tomar asiento en su cama y le entrega una taza. - Don Emilio, tome toda la manzanilla -, le dice con cariño. Él sorbe con cuidado, como remojando los labios únicamente y así varias veces. La enfermera le alcanza ahora un par de pastillas dentro de un recipiente pequeño. - ¿Quiere que lo ayude, Don Emilio? -, dice ella. El viejo hace un gesto de rechazo con notoria lentitud y protege sus pastillas como si se tratara de un tesoro invaluable. No dice nada y con la misma parsimonia generada por el paso de los años, lleva a su boca las pastillas y con un último trago de manzanilla las logra pasar. La mirada atenta de la enfermera parece calmarse cuando Emilio le devuelve la taza. Ahora ella lo ayuda a cambiarse, lo asea con peculiar cariño y finalmente lo deja sentado nuevamente en la mecedora frente a su ventana preferida.

Bajo la niebla de la mañana el cuerpo de Dante se cobija bajo cartones. A su lado yacen dos botellas de licor barato vacías. El sonido del amanecer de la ciudad lo despierta y ese acostumbrado dolor de cabeza ya pasa inadvertido. Agrupa las botellas vacías con el montón de otras más que tiene guardadas en un rincón. Pone a buen recaudo los cartones que le sirven como ropa de cama y baja al cuarto donde vive con su hermana menor. Ella ya se fue al colegio temprano. Dante se prepara para un nuevo día, debe ir a buscar pinturas nuevas y por lo general son dos las que en la semana logra conseguir para la feria del fin de semana. Mientras tanto consigue dinero vendiendo las botellas vacías que protege en la azotea pero son las pinturas lo que mayores ingresos le genera. Sale a la calle para recibir el aire de la mañana luego de lavarse la cara con agua fría, es su mejor remedio luego de una noche de alcohol y cháchara con la nada.
En la panadería de la esquina pide que le vendan pan y leche pero el dinero que lleva solo alcanza para tres panes. Comienza a gritar y como en otras ocasiones es retirado de la panadería a empujones. Ya saben que siempre reacciona de esa manera. Pareciera que dentro de la rutina de clientes de la panadería siempre esperan la llegada de Dante ya no con miedo sino con, simplemente, disposición para retirarlo como se ha hecho habitual.

Ya ha pasado la hora del almuerzo y Emilio continúa con la mirada atenta a la calle. La vejez se ha llevado sus palabras y los años sus recuerdos. La enfermera lo visita nuevamente y le dice que es hora de ir a la sala de televisión. -Ya sabe que no debe estar todo el día en su habitación-, le dice con cuidado mientras lo traslada a una silla de ruedas. Emilio se deja llevar, finalmente mayores opciones no tiene. - Además en la sala están sus amigos y quieren saber de usted como siempre, no los puede desairar, todos lo esperan-, le dice mientras lo conduce al pasillo fuera de su cuarto. 

Dante hace de su día una aventura distinta cada vez. Aún con algo de dinero no destinado a un desayuno sino a su bebida diaria (sus ahorros de emergencia como él lo llama) va a la tienda y compra una nueva botella de licor. Curiosamente no toma de día, siempre encuentra su deleite cuando la noche va apareciendo y visita la azotea, pero la ansiedad lo obliga a proveerse desde temprano. Luego de eso en el mercado del barrio, aprovecha en ayudar como estibador y así hacerse de más centavos que abulten sus bolsillos. Pese a su vicio piensa en su hermana a quien debe mantener por lo menos alimentada. Siempre se dijo que ella sería mejor que él y como iban las cosas ya lo había conseguido.

En la sala todos rodean a Emilio. Lo ven simplemente. No hay preguntas porque de él no hay respuestas. No hay miradas porque él no los mira: él aprecia y todo lo que aprecia lo hace a través de su ventana en su habitación. Los demás ancianos del lugar agradecen que Emilio forme parte de ellos mientras que a él no se le nota ni amargado ni interesado, simplemente ocupa su espacio y hace lo mismo que todas las tardes con la pasión que siempre lo mantuvo vivo. Sabe que lo observan con profunda atención pero no siente gratitud por eso, sencillamente se abandona en su pasatiempo. 

Y así transcurren las vidas paralelas de Emilio y Dante, las puntas de la vida con distintos destinos. Dos miradas que apuntan hacia un mismo lugar buscando quizá nuevas respuestas o simplemente historias inventadas. Por un lado la experiencia que enfrenta ahora el paso del tiempo y por otro el caos que no sabe qué enfrentar porque la batalla es contra sí mismo.

Es viernes por la mañana y como siempre Dante se despierta en la azotea desde donde domina lo que ve sin ordenar su propia vida. Levanta la botella que tiene en sus manos y aún conserva un último sorbo del elixir que tanto necesita y brinda por la falsa alegría que siente tan embriagada como él. Toma un sorbo más y se despega de su asiento de ladrillos. Baja a su cuarto, ve hacia la cama de su hermana que como siempre está vacía porque ya salió al colegio. Se dirige al baño y se lava la cara con abundante agua. Como si se tratase de un milagro, el agua fría lo recupera pronto. Se cambia la ropa y sale a la calle.

Emilio acaba de terminar su manzanilla y las pastillas. La enfermera acomoda la mecedora delante de la ventana y lo ayuda a acomodarse lentamente. Ella sale un momento de la habitación y regresa con un paquete. A diferencia de los demás días los viernes ella tiene la misión de entregarle un paquete al viejo. - Lo abriré como siempre, Don Emilio, vamos a ver con qué me sorprende el día de hoy -. Emilio mantiene la mirada por la ventana apuntando sus ojos hacia todo lo que pueda abarcar. - ¡Están bellísimas! -, dice la enfermera, - nunca dejé de hacer esto por la tardes, las dejaré sobre su cama -. Emilio no se inmuta.

Al poco rato un muchacho ingresa a la habitación de Emilio. Se acerca hacia donde él está y ambos ven por un momento la misma ciudad por la ventana. La ciudad que a diario contemplan los dos. Dante lo besa en la frente con especial ternura y por fin las lágrimas secas de Emilio se materializan sobre sus mejillas pero no dice nada. Ninguno de los dos dice nada. Dante busca la mirada del hombre que tiene en frente de sí pero no la encuentra, aun así lo abraza y comparte por un momento la sensación de amar, de querer a alguien, de ser de alguien, de no estar solo. Luego se dirige a la cama y coge las dos pinturas que deberá llevarse a la feria del domingo para vender, están recién enmarcadas. Se las queda mirando y admirando el gran talento del anciano frente al lienzo. Mira nuevamente al viejo pero no hay nada que decir, y se dirige a la puerta.

- Adiós abuelo -, le dice. Y se va.

Emilio, como siempre desde su ventana, ve marcharse a su nieto por la acera de enfrente deseando que venda con facilidad sus pinturas e implorando luego no verlo entrar a la tienda a comprar la maldita botella de licor.


Lima, diciembre de 2014.



viernes, 3 de enero de 2014

LA FOTO DEL BESO

En su habitación y bajo la luz de la luna llena que ingresa por su ventana, el buen Iván mira las fotos en las que sale acompañado de su amiga de siempre: Brenda. Ellos fueron inseparables desde niños. Iván vivía a pocas casas de la de Brenda y siempre se saludaban cuando se veían pasar. Han pasado muchos años, ahora ambos son adultos y cada uno ha hecho su vida tomando el camino que les corresponde.

Al ver las fotos Iván no deja de pensar en Brenda, en la cantidad de vivencias que tienen juntos; juegos, conversaciones, discusiones, borracheras, etc. Son los amigos de siempre.

Iván sabe y reconoce todo el cariño que Brenda siente por él, son esos típicos amigos que llegan a llamarse hermanos por la cantidad de similitudes y cosas en común que comparten. Así lo recuerda y siente mientras contempla las fotos que desde siempre guarda en el cajón de su mesa de noche. Las ha esparcido todas encima de su cama, las mira y vuelve a mirar como si la nostalgia se lo obligara. Frente a cada imagen esboza sonrisas sinceras y frente a otras suspira pensando en ella y en lo mucho que la extraña. Una de ellas le recuerda la vez que Brenda salió de viaje por mucho tiempo porque su padre fue destacado a provincia por temas de trabajo. Ella fue a buscarlo a su casa y le dijo que esa tarde saldría de viaje por lo menos por dos años por un asunto de su papá; a él la noticia no le agradó mucho. Tenían dieciocho años aproximadamente y ambos sentían que sus mundos terminaban porque no sabían cómo asumir la separación.  La foto fue tomada por Lucas, el hermano mayor de Iván, en el preciso instante en que ella, antes de irse, le regalaba un beso en los labios para luego salir corriendo al carro de su papá. Iván logró hacerse de la foto luego de negociar con su hermano una serie de favores y condiciones a costa de que dicha foto nunca fuera mostrada en público. Iván atesora esa foto hasta el día de hoy; es la que guarda con mayor recelo y mantiene con esmerado cuidado. Es la foto que le recuerda esa amistad infinita y especial.

Iván mantiene esa foto en su mano, no puede dejar de mirarla y admirarla. Un nudo en su garganta lo confunde, lo aturde, lo perturba.  Fue el único beso que recibió de Brenda y fue de una manera rápida que para ella significó una despedida y para él la bienvenida del amor. Desde entonces Iván se dio cuenta que se había enamorado de Brenda y contemplando la foto quince años después sabe que continúa enamorado de ella, sabe que nunca se lo dijo y que tampoco se lo va a decir. Sabe que ella es dueña diaria de sus pensamientos y sus sueños. Sabe que la ama y que el amor no es correspondido. Sabe que el único beso que sus labios conocen es que él recibió de ella hace mucho tiempo atrás y la foto no hace más que propiciar una tristeza que amilana cualquier felicidad que pueda recobrar recordándola.

Iván nunca ha podido sacar de su mente a Brenda, él quisiera que todo fuera más sencillo. Quiere enamorarse de otra mujer pero no encuentra la forma de que eso suceda, simplemente, como esta noche en particular, cuando se siente perdido, lo único que hace es recurrir a las fotografías, verlas y quedarse petrificado frente a la foto del beso que lo esclaviza en la tranquilidad de su habitación.

Una llamada telefónica lo aleja de pronto del letargo. Contesta y al otro lado del auricular escucha una voz femenina que le habla nerviosa pero con ternura. -Vas a ir, ¿no?-, le pregunta. Es Brenda. Iván reacciona como si a través del teléfono ella pudiera verlo y torpemente reúne las fotos y las arroja violentamente en el cajón. Se levanta y se dirige a su ventana para tomar una bocanada de aire frío y poder responder con la mayor tranquilidad. -Por supuesto que sí-, le dice él con aplomo y seguridad fingidos, -no me lo pierdo por nada-. Ella le agradece la sinceridad y él añade, -no todos los días se casa mi mejor amiga, ¿cierto?-; -Gracias Iván-, responde ella y cuelga el teléfono.

Iván no tiene tiempo de corresponder el agradecimiento de Brenda, ella ya ha colgado. Iván deja caer el celular que tiene en su mano derecha y abre su mano izquierda, poco a poco empieza a estirar la foto del famoso beso que arrugó con toda su fuerza durante la corta conversación que tuvo con Brenda.

A lado de su espejo de una percha cuelga el elegante traje que esta noche estrenará en la boda de su mejor amiga. Lo compró hace poco, entre lágrimas y una pena indescriptible eligió el mejor traje. Al probárselo, se imagina a ella a su lado caminando hacia el altar. Sacudía su cabeza para deshacerse de esos pensamientos.

Tras estirar la foto, la guardó nuevamente con las demás acomodándolas como siempre y se dirigió al baño. Bajo el agua fría de la ducha Iván trata de disipar de su mente todo pensamiento ajeno a la realidad. Brenda se casa esa misma noche, él debe estar presente pero no quiere. No se imagina cómo reaccionará su ímpetu durante la ceremonia y mucho menos al momento que el matrimonio se concrete. Le aturde la idea. Apoya sus manos frente a la pared y deja que por un momento prolongado las gotas de agua fría recorran su cuerpo tratando de buscar en cada una de ellas la ecuanimidad que necesita.

Minutos después y frente al espejo Iván acomoda su corbata y los puños de su camisa. Por último se coloca el saco, se ve y sonríe frente a la elegancia de su porte. Se perfuma. Coge la invitación del matrimonio y con delicadeza empieza a romperla en la mayor cantidad de pedazos de fino cartón que pueda conseguir, finalmente tira los papeles a la papelera que tiene cerca. Coge las llaves de su auto y sale de su habitación. Antes de salir de su departamento, se dirige a la cocina. Ve la hora en su reloj, reconoce que está retrasado pero de todas maneras saca una cerveza de la refrigeradora. Se sienta en el sofá de su sala y bebe la cerveza con especial placer, buscando en la amargura de su bebida el consuelo de lo que esa noche significará para el resto de su vida. Decide ir por otra cerveza y así luego por una tercera. Ya un poco acalorado por el brindis propio que acaba de compartirse sube nuevamente a su habitación, saca la foto del beso y la acerca a sus labios como si se tratara de los labios de Brenda. Besa la imagen con mucha pasión, la lleva a su pecho sintiendo el abrazo que siempre buscó en ella pero que nunca encontró. Dirige una mirada penetrante a la imagen mientras algunas lágrimas caen por sus mejillas. Finalmente guarda la foto en el bolsillo interno del saco y sale de su casa. En su auto y desafiando con impericia la ruta hacia la iglesia y bebiendo una cerveza más se dirige al matrimonio de su amiga, de su querida Brenda. De aquella chica a la que ama sin ser correspondido.

Antes de entrar termina de tomar una sexta lata de cerveza que tenía en el carro. Cuando ingresa se percata que la ceremonia del matrimonio ya ha empezado, se acomoda en una de las bancas finales del templo. Pocos han notado su presencia y él prefiere pasar desapercibido. Frente al altar Brenda y su novio, futuro esposo, escuchan los consejos que el sacerdote les indica acerca de la felicidad, del amor, de la vida en pareja, de los hijos, de la vida, de todo. Iván escucha y piensa que es mejor salir de ahí porque su cabeza está a punto de estallar. Las emociones se han juntado en su mente y la confusión lo intranquiliza a cada segundo. Sin embargo se mantiene sentado observando.

El sacerdote inicia el rito del matrimonio con la rutina de siempre. Hace leer el argumento a cada uno y sellan la alianza colocándose mutuamente el aro de matrimonio. El sacerdote con una sonrisa tierna encantado por el real amor que ve ante sí invita a la nueva pareja de esposos a demostrar el puro sentimiento por medio de un beso. Brenda delante de su esposo deja que él descubra su rostro levantando el velo de novia que lleva puesto. Las miradas de ambos son sumamente tiernas. El beso genera suspiros en los invitados mientras Iván siente como su interior se consume.

-Vamos a acompañar este momento con un fuerte aplauso para los flamantes esposos-, dice el sacerdote. Y el eco de las palmadas unísonas se esparce por cada rincón del templo. Iván contiene mucha ira dentro de sí al punto de no saber qué es lo que sucede consigo sin embargo acompaña los aplausos con peculiar energía.

Cuando los aplausos cesan y la calma de la algarabía intenta retornar, los invitados se distraen por el ruido repetido que llega desde la última banca del templo. Iván no ha dejado de aplaudir. Mantiene los golpes secos que las palmas de sus manos generan sin siquiera detenerse. Incrementa su potencia e impacienta a todos. Brenda se da cuenta que es Iván quien procura el desorden y la confusión y le sonríe nerviosa; agradecida por su presencia pero confundida por su actitud. Trata de buscarlo con la mirada pero él está esquivo. Iván continúa aplaudiendo con determinada fuerza y se pone de pie y a paso lento se dirige a los nuevos esposos. -¡Qué bonito!…  Felicidades, hoy se casa mi mejor amiga y ella no sabe que yo la amo más que a nadie en este maldito lugar, pero soy tan estúpido que nunca supe hacerlo notar ni tampoco decírselo… ahora ya todos lo saben, ¡amo a la mujer que me invitó a su matrimonio, he sido invitado a la boda de la mujer que amo!… ¿hay algo más miserable que eso en esta vida?- Las palabras de Iván hacen eco en el lugar, Brenda se ha quedado en una pieza sin saber qué hacer,  su esposo atina a abrazarla como protegiéndola del momento. Los gritos de Iván prosiguen. –Tuve toda la intención de venir temprano pero no pude, lo siento Brendita, preferí quedarme en casa recordando los buenos momentos que viví a tu lado y que solo puedo mantener en fotografías…-. Saca la foto y la levanta. –Miren todos, les muestro mi lamentable vida, adorando a la mujer que amo por medio de una fotografía que tomó mi hermano hace…-.

Un hombre mayor se acerca a Iván y lo coge fuertemente de los hombros, -¿Qué te pasa, Iván?- le pregunta con desconcierto, vergüenza y rigor. -¿Quieres arruinar el matrimonio de tu hermano?… Lucas no merece esto qué estás haciendo, hijo, ¿qué te sucede?- Lucas y Brenda se mantienen abrazados viendo la escena. Iván abraza a su padre y rompe en llanto desconsoladamente, -No lo soporto, papá. Yo amo a Brenda, la amo desde siempre y Lucas la arrebató de mis manos-.  El hombre abraza con firmeza a su hijo con intención de sacarlo de la iglesia pero él, aprovechando la fuerza de sus brazos, logra zafarse de su padre y sin pensar corre directamente hacia Lucas y Brenda. La furia y la embriaguez que lo dominan no lo dejan pensar. Los nuevos esposos no saben cómo reaccionar ante lo que sucede. Los invitados simplemente contemplan lo que pasa, no saben qué hacer. –Iván, ¡¡¡basta ya!!!-, grita su padre y el caos comienza a apoderarse del lugar.


En ese preciso momento las palomas que descansan tranquilas en las cornisas y ventanales de la torre de la iglesia de pronto huyen despavoridas y sin destino al oír el fuerte disparo que proviene del matrimonio que acaba de ser interrumpido.  


Lima, enero de 2014.