viernes, 13 de septiembre de 2013

BRINDIS Y COMPAÑIA

Cuando a Cesar le dijeron que estaba contratado, se alegró. No era el trabajo que añoraba pero por lo menos sabía que ganaría sus primeras monedas; su primer dinero fruto de su esfuerzo. Aspiraba, por supuesto, a algo mejor pero era consciente de que de alguna manera tenía que empezar. Era joven, muy joven, y podía aprovechar, pues, una alternativa de trabajo ligera con un sueldo no muy justo pero finalmente dinero propio y eso siempre es bien recibido. Por otro lado, mayores responsabilidades no tiene. Vive con sus padres, es el menor de cuatro hermanos quienes ya formaron sus propias familias, tiene una enamorada joven como él y es ese quizá el impulso que lo llevó a decir “acepto” cuando le propusieron el trabajo.  Sentía cierto poder al reconocer que tendría su propio dinero a fin de mes con la facultad  de poder hacer con él lo que quisiera.

Vender enciclopedias de puerta en puerta es un trabajo digno, piensa Cesar. Pese a la cantidad de información que hoy en día se puede sacar de internet igual siempre es saludable tener una enciclopedia en casa, continúa pensando. Por eso me convertiré en el vendedor más exitoso y éste será el inicio de una gran carrera como vendedor. Su enamorada estaba orgullosa de él. Sus padres querían algo mejor para su hijo pero dadas las comodidades de la familia, le permitieron aceptar el trabajo por un tema de forjarse disciplina más que de experiencia laboral. El primer día Cesar salió de casa cargando cuatro pesadas enciclopedias. Consultó su ruta en el plano que le encomendaron e inició su recorrido.

En la primera casa no le abrieron, algo similar pasó en las cinco casas siguientes. En el sexto intento fue atendido por un señor anciano quien inmediatamente se interesó por la enciclopedia. Cesar se animó mucho lo que le permitió ofrecer su producto con destreza. El anciano, evidentemente desconocedor de la gratuidad del internet, le compró una y Cesar ganó dinero y confianza.

La mañana fue así, vendió solamente una de las cuatro enciclopedias que llevó consigo. Tocó el timbre de aproximadamente dieciocho casas y el mapa le mostraba veinte. Ya estaba cansado, tenía hambre, tenía sed. Los libros que llevaba a cuestas pesaban pero con esfuerzo llegó a la penúltima casa del día, la entrada carecía de timbre por lo que tuvo que tocar la puerta.

Desde adentro escuchaba el sonido de un televisor encendido por lo que insistió. Pasó cerca de cuatro minutos esperando cuando decidió retirarse pero en ese preciso instante escuchó la voz de una mujer desde dentro de la casa que pedía la esperasen un momento, que pronto iría a abrir. - ¿Señora? -, dijo Cesar.  – Buenos días, estamos ofreciendo unas excelentes enciclopedias a precio bastante económico, sólo me quedan tres y… -. La puerta se abrió y bajo el umbral apareció una mujer madura, de unos cuarenta años aproximadamente. Prácticamente le doblaba la edad al vendedor de enciclopedias que tenía delante de sí. La mujer llevaba puesta una toalla de baño atada al cuerpo. Su cabello estaba mojado y andaba descalza. Cesar se quedó petrificado ante la belleza femenina que admiraba sin poder culminar su argumento de venta tan solo apreciando cada gota de agua que bajaba desde los cabellos hasta perderse entre la toalla y la piel de la dueña de casa.

Ella sin rubor alguno le ofreció una sonrisa cómplice de una coquetería particular y él continuó sin saber qué hacer. - ¿Enciclopedias? -, le preguntó risueña y el afirmó sin hablar. – Pasa por favor, permíteme que me ponga algo de ropa y te atiendo, se te ve cansado -. “Algo de ropa” pensó él, “o sea, no se va a vestir completamente”. No sabía si esto último lo había dicho o pensado pero tampoco pudo darse cuenta porque ya estaba caminando dentro de la casa.

Era evidente que ella vivía sola. La decoración de la casa era sencilla. De la puerta principal de inmediato se llegaba al ambiente de la sala colindante con un modesto comedor. Más adentro se divisaba un jardín con flores y un pasadizo que daba a otros ambientes de la casa. Las mesa de centro carecía de adornos, tan solo flores en diversas macetas decoraban cada rincón. Algunos cuadros dispersos en las paredes terminaban con la exposición de la personalidad intrigante de la mujer que ahí vivía. Se percató que no existía por ningún lado una solo foto que pudiera describirle quién o cómo era su anfitriona. Dejó las enciclopedias en el suelo y se acomodó en un sillón de la sala.

Ella estaba en su cuarto terminando de cambiarse, se acercó al velador y cogió su maquillaje, con mucha rapidez pintó sus labios de un rojo suave que le dio una apariencia ciertamente seductora y con unas sombras terminó de decorar su fino rostro frente al espejo. – ¿Hace cuánto tiempo vendes enciclopedias? -, le preguntó desde su cuarto. – Hoy es mi primer día -, respondió él desde la sala, - Hasta el momento he vendido solo una a un viejo de por acá cerca pero… -, más no pudo decir porque sólo atinó a ver casi en cámara lenta como ella se acercaba para hacerle compañía.

- Soy Marisela-, dijo ella.
- Yo soy César.
- Hola César, ¿sabes por qué te he hecho pasar a mi casa?
- No, no tengo idea, acaso para comprarme una enciclo…
- No tonto, no hay manera. Yo sé mucho de la vida y todo lo que sé no lo he aprendido de ninguna enciclopedia. Yo soy una mujer sola y lo que busco es compañía. La soledad no es muy amiga mía en realidad y bueno, verte en la puerta de mi casa y que me veas prácticamente salida de la ducha me parece una señal -.

Cesar no entendía qué pasaba pero empezaba a gustarle lo que estaba sucediendo.

- Bueno, en realidad me puedo quedar a acompañarte el tiempo que quieras.
- ¿En serio?
- Por supuesto, por gusto no me has invitado a pasar, ¿verdad?
- Veo que eres astuto, niño. ¿Quieres tomar algo?
- Dame un poco de agua nada más, tengo mucho calor. He caminado cargando estas rocas todo el día y…
- ¿Agua?, y yo que pensé que la tarde se estaba poniendo divertida, Cesitar.

Marisela se dirigió a una vitrina de donde sacó una botella de vino.

- ¿Qué tal si mejor nos tomamos un vino?
- Bueno, tú eres la dueña de casa, bienvenido el vino.

En toda su vida Marisela se había vuelto una amante del buen vino, sin embargo Cesar lo había tomado en escasas ocasiones pero la tarde que estaba viviendo no le dejaba negar la oferta.

Cuando empezaron a beber la segunda botella de vino Cesar ya tenía las mejillas enrojecidas producto de las varias copas que había brindado. Ella, sin embargo, dominaba su equilibrio con mucha sabiduría. Cesar no dejaba de sonreír casi sin motivo y Marisela le acariciaba la nuca con un cariño especial. Ambos se miraron de pronto. Ya no se decían nada, sólo dejaban que sus miradas se hablasen entre sí. César se acercó al cuello de Marisela y ella le dio una nueva bienvenida con un beso en los labios que vino seguido por un impulso rotundo por parte de él. Poco a poco se recostaron en el sofá. Él estaba encima de ella. Mareado pero sin reparo desabotonó los botones de su blusa, ella dejaba que el destino hiciera su trabajo y también coincidió en desvestirlo. Ambos completamente desnudos y acariciándose entre sí hicieron el amor apasionadamente en el sofá. Él con la impericia de sus veinte años y ella deseando más pasión por la experiencia de sus cuarenta. Eran uno solo enmarañados entre sí. Ambos se abrazaban como si se tratara de una despedida para siempre. Como si el uno al otro lo estuviera protegiendo. El sudor de sus cuerpos olía al vino antes compartido. Los jadeos se mezclaban en el ambiente y la intensidad del momento llegó al extremo máximo de complementar ambos sexos en una figura anatómica uniforme. Pasado el clímax del momento Marisela comenzó a llorar mientras César se disculpaba aparentemente reaccionando por lo que había pasado y recordando a Laura, su enamorada. Ella inmediatamente se vistió mientras le increpaba quién era él y por qué que había hecho lo que había hecho. –No me culpes a mí… estás loca, tú me has metido a tu casa -, respondía él mientras buscaba su camisa y su pantalón.  – ¿Por qué lloras? -, le preguntó, pero ella no respondía, su llanto la ahogaba. – Hace tiempo que no sentía algo como ahora -, llegó a responder.  Cesar estaba asustado. No entendía lo que había pasado; o quizá lo entendía perfectamente pero no comprendía porqué había sucedido. Tenía en su mente la imagen de su enamorada. La imagen de esa mañana cuando salió de casa y fue a buscarla para pedirle que le desee suerte en su primera jornada. Laura le había dicho que no necesitaba suerte porque estaba seguro de su éxito. – Lo vas a hacer perfectamente bien mi amor, vas a ver, estoy muy orgullosa de ti -, le había dicho y él salió con la confianza a tope en su mejor día y ahora estaba vistiéndose luego de brindar con vino y hacer el amor como nunca antes con una mujer desconocida veinte año mayor que él.

-Es mejor que te vayas-, le dijo Marisela. - Déjame con mi soledad, ésta soledad que siempre me acompaña. Esta soledad maldita que no tiene cuando acabar y que me convierte en una criatura débil y presumida. No sabes lo que esto significa. Vivir de esta manera. Pretender que todo el mundo me vea como una mujer fuerte y sin embargo ser tan débil y fracasada como soy. Mi soledad es mi maldición, niñito, lo que ha pasado esta tarde no tiene ningún valor emocional para mí -.

Cesar miró a los ojos a Marisela con cólera y pena, - De acuerdo, “señora”, me voy. Es probable que nunca me olvide de esto pero haré un esfuerzo porque así sea. Yo amo a Laura, mi enamorada, quiero casarme con ella y he empezado a trabajar justamente para que ella vea que me esfuerzo por nuestro futuro y no quiero que eso se malogre ahora -. Cogió sus enciclopedias y fue hacia la puerta. Se dirigió nuevamente a ella y le dijo: - No debí entrar, estás loca mujer, tan grandota y con estas cojudeces de niña y llantos cojudos, yo sé lo que tú eres, eres cualquier cosa, a cuántas personas le harás lo mismo en ese mismo sofá, cuántos vinos te tomarás al día y con quién brindarás, es por eso que estás sola, es por eso que no tienes compañía -. Y se fue. Al salir de casa escuchó desde adentro el sonido de una botella estrellarse contra la pared.

Tres meses después, Cesar no puede dejar de pensar en lo que quiere olvidar pero no ha vuelto a pasar por esa casa. Sabe que tendrá en mente un recuerdo eterno de esa experiencia.
Ya no vende enciclopedias, ahora trabaja en un restaurante de comida rápida y le va mejor. Ha sido premiado como el empleado del mes y un pequeño cuadro con su foto y su nombre cuelga de la pared del restaurante a lado de otros cuadros de compañeros premiados meses antes. Laura está aún más orgullosa de él por esos pequeños logros de ahora. Él le ha prometido estar juntos siempre y esforzarse cada vez más porque la ama. Siempre le promete fidelidad sintiéndose culpable por el secreto que se llevará a la tumba. Sin embargo, piensa en Laura y sonríe mientras sigue atendiendo a los clientes que visitan el restaurante. No se percata que en la cola de personas que esperan ser atendidas Marisela lo mira con atención y disimula su presencia con un nuevo peinado y lentes oscuros. Cuando llega al mostrador Cesar la saluda con una sonrisa, ella se saca los lentes oscuros y deja ver su identidad. El corazón de Cesar se quiere salir de su pecho y no domina su nerviosismo. Marisela abre su cartera y saca un sobre de plástico transparente que contiene un objeto y una fotografía y se lo entrega. 

-Ya no estoy sola, niño -, le dice. – ahora los tres estaremos juntos -.

Dentro del sobre hay una prueba de embarazo positiva y el resultado de una ecografía recientemente practicada.


Lima, setiembre de 2013.